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Flotilla Yaku Mama llegando a Monterrico  -  Angoteros, Perú. Foto: Hackeo Cultural
Flotilla, Noticias

Una Lucha Sin Fronteras

Una Lucha Sin Fronteras Bitácora de la Segunda Semana de la Flotilla Amazónica Yaku Mama rumbo a la COP30 Las fronteras políticas son líneas imaginarias; los ríos, en cambio, son venas vivas que conectan un solo cuerpo. Esa fue la gran lección de nuestra segunda semana de travesía: un viaje que nos llevó a cruzar los límites invisibles entre Ecuador, Perú y Colombia, demostrando que nuestra lucha —como el agua— fluye libre, uniendo pueblos, lenguas y corazones. Nuestros ancestros navegaron por estos mismos ríos. Para ellos, el agua no dividía: era el camino. Hoy, en esta flotilla, sentimos esa misma conexión. Cruzamos fronteras que históricamente fragmentaron los territorios de pueblos hermanos como los Kichwa, Siekopai, Shuar y Tikuna. Cada trasbordo entre embarcaciones, cada cambio de bandera, nos recordaba que somos un solo pueblo amazónico defendiendo un mismo territorio: el territorio de la vida. Educación como resistencia en la selva peruana El 18 de octubre llegamos a Monterrico, Angoteros, uno de nuestros primeros puertos en Perú. Nos recibieron los Naporunas —los habitantes del Napo— con hospitalidad y orgullo. Pasamos la noche en su escuela, y pronto entendimos que no era una escuela cualquiera. Desde 1975, esta institución es pionera en educación intercultural bilingüe. Aquí, el kichwa no es solo una materia: es la lengua en la que se aprende, se sueña y se construye el futuro. Estudiantes de 29 comunidades, incluidas Siekopai, viven en un internado donde se enseña que la sabiduría ancestral y el conocimiento moderno pueden caminar juntos. Esta escuela es una semilla de resistencia: un recordatorio de que educar en la lengua del territorio es también defenderlo. Tecnología y guardianía ancestral en Vista Hermosa Seis horas de navegación nos llevaron, el 19 de octubre, a una isla en el río Napo: la comunidad de Vista Hermosa. Nos esperaban en la orilla con banderas y cantos contra la minería y el petróleo. Su bienvenida tenía la fuerza de quienes saben lo que está en juego. Al caer la noche, compartieron con nosotros su mayor logro: un sistema de monitoreo territorial satelital, gestionado por las propias comunidades Kichwa, Ticuna y Matsés, en alianza con ORPIO y Rainforest Foundation US.  A través de drones, GPS y alertas satelitales, patrullan un millón de hectáreas, vigilando el bosque ante la tala y la invasión extractiva. Pero lo más inspirador es quién lidera esta defensa: las mujeres. Ellas organizan los patrullajes, generan las alertas y han creado incluso “cunas comunitarias” para cuidar a sus hijos mientras protegen el territorio. Vista Hermosa nos mostró que la tecnología puede ser una herramienta de amor y guardianía cuando se usa desde la raíz. El encuentro con el Gran Río y la memoria del caucho Esa misma jornada llegamos al puerto Mazán. Tras un breve viaje en mototaxi, lo vimos aparecer ante nosotros: el majestuoso río Amazonas. Aunque el Napo es inmenso, el Amazonas tiene otra dimensión: es una fuerza que te envuelve, que te recuerda lo pequeño que eres frente a su grandeza. Desde allí continuamos hacia Iquitos, la ciudad fluvial más grande del Perú, levantada sobre una historia de explotación y dolor: el auge del caucho. Hoy, sus calles y embarcaderos conservan la memoria de un tiempo de esclavitud y deforestación, pero también la voluntad de sanar. Llegar a Iquitos fue un hito: mil kilómetros navegados, y una convicción profunda de transformar esa memoria en justicia. La Venecia Amazónica y la amenaza de la crecida El 20 de octubre visitamos el barrio de Belén, conocido como la “Venecia Amazónica”.Sus casas flotantes, sus mercados de frutas y medicinas naturales, y su ritmo diario al compás del río muestran una adaptación admirable al pulso del agua. Pero ese pulso está cambiando. Las inundaciones, cada vez más extremas por el cambio climático y la deforestación, amenazan la vida de miles de familias. Belén es un espejo de la crisis climática: un lugar donde la resiliencia se convierte en forma de vida, aunque la amenaza venga de lejos. Cine, sabiduría y gobernanza indígena Esa tarde, en la playa Muyuna, el cine flotó junto a nosotros. Participamos en un Festival de Cine Flotante, donde se proyectaron trabajos audiovisuales realizados por los propios tripulantes. Fue un momento de introspección colectiva: vernos en pantalla era también reconocernos en las luchas de otros territorios. El 21 de octubre compartimos una jornada de trabajo con la Organización Regional de los Pueblos Indígenas del Oriente (ORPIO). Allí se cruzaron visiones y estrategias: la OPIAC de Colombia habló sobre el monitoreo territorial frente a grupos armados; representantes de la Sierra Nevada compartieron sus avances en energía solar; y los Waorani de Ecuador contaron su resistencia histórica al petróleo en el Yasuní. Salimos de esas mesas con una certeza: las soluciones vivas ya existen, y están en nuestras comunidades. La triple frontera y el arte como resistencia Entre el 22 y el 25 de octubre llegamos a Leticia, Colombia, el punto donde las fronteras de Colombia, Perú y Brasil se diluyen en el río. Aquí, en el Festival de Cocina Indígena, compartimos alimentos, saberes y risas, confirmando que la matriz cultural amazónica es una sola: la selva que nos da de comer, sanar y existir. Nos reunimos nuevamente con la OPIAC, que compartió su experiencia en la creación del Sistema de Salud Indígena Propio y la lucha por la demarcación de resguardos. El 25 de octubre cruzamos hacia la Comunidad Tikuna de San Juan de Barranco, donde fuimos recibidos con la ceremonia de la Pelazón: un ritual que celebra el paso de niña a mujer y honra la continuidad de la vida. Ese día, la artista amazónica Rosi War unió su voz a las de la comunidad en un concierto que resonó como un canto colectivo por la selva. Esta semana nos enseñó que, aunque las amenazas son globales, la resistencia también lo es. Cruzamos fronteras físicas, pero sobre todo, derribamos las fronteras que nos separan.Seguimos navegando, más unidos y más fuertes, hacia Belém —donde la Amazonía se levantará para exigir que el mundo escuche el llamado

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Con tecnología satelital, pueblos indígenas amazónicos de Perú monitorean la deforestación ilegal

Con tecnología satelital, pueblos indígenas amazónicos de Perú monitorean la deforestación ilegal En este nuevo capítulo del diario de viaje de la Flotilla Yaku Mama, una travesía por la experiencia de la Organización Regional de Pueblos Indígenas del Oriente (ORPIO) monitoreo satelital contra la tala ilegal de madera. Por Emergentes23 de octubre de 2025 11:00Por Lucía Ixchíu Con el río Yasuní a nuestro lado, partimos para cruzar la frontera que separa a los pueblos y comunidades de lo que hoy llamamos la línea entre Ecuador y Perú. En la comunidad de Yarina, en la provincia de Loreto, los hijos e hijas del río y la quebrada nos recibieron con cantos y una alegría contagiosa por nuestra visita. Se intercambiaron abrazos y saludos entre los pueblos, que nos pidieron, una y otra vez, llevar y amplificar su voz como guardianes de la selva. Desde hace años, comunidades de diferentes nacionalidades monitorean y protegen la selva en un área de más de seis millones de hectáreas de bosque amazónico — todo con sus propios recursos y saberes ancestrales. La Organización Regional de los Pueblos Indígenas del Oriente (ORPIO) trabaja desde hace varios años apoyando desde la titulación de tierras hasta el desarrollo de un sistema propio de monitoreo, pionero y asistido por tecnología. En medio de los riesgos y la impunidad que marcan la defensa del territorio en Abya Yala —amenazados de muerte y perseguidos por industrias de todo tipo— siguen firmes, con la convicción de ampliar los territorios donde puedan vigilar y unirse en la protección de una de las selvas más importantes del planeta. Nadamos en el río que, por cientos de años, alberga miles de especies. Nadamos y vimos a los pueblos Sapara y Sarayaku remar en la misma canoa. “Las respuestas siempre han estado en nuestros territorios”, dijeron los participantes de la Flotilla Amazónica Yaku Mama. Nuestro encuentro terminó con una cena y una explicación detallada de los apus de la comunidad, monitores y técnicos comunitarios sobre su trabajo y la forma en que vigilan la selva contra la extracción ilegal. La conversación fue liderada por mujeres, jóvenes y por quienes ponen la vida en el centro de todo. Un manto de estrellas nos acompañó durante toda la noche y, arrullados por el río, descansamos. Con el canto de los pájaros, el sol nació y partimos de nuevo, despidiéndonos de Yarina y de todo lo que nos enseñó en tan poco tiempo. Esta vez, partimos con más esperanza: el futuro es hoy — y quienes lo construyen son los pueblos que caminan, crean y, como hormigas, cambian el mundo. Fuente: MidiaNinja

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